600 kilómetros en autonomía total por uno de los territorios más remotos del Ártico canadiense
El 17 de mayo de 2026, la alemana afincada en España Ingrid Ortlieb y el explorador polar canario José Manuel Naranjo finalizaron una expedición extraordinaria en la gran isla ártica de Ellesmere, en Nunavut, Canadá: una ruta inédita con esquís de más de 600 kilómetros, realizada en total autonomía, atravesando fiordos remotos, glaciares, banquisa, tundra nevada y algunos de los paisajes más extremos del planeta.
Fotografías publicadas por Ingrid Ortlieb en sus redes sociales
No hablamos de una aventura más. Hablamos de una forma de exploración que apenas existe ya: avanzar durante semanas en territorios donde no pisa nadie, abrir camino, leer el hielo, interpretar el viento, convivir con la incertidumbre y recorrer lugares que, en muchos casos, ni siquiera forman parte del imaginario común de la aventura moderna.
Ortlieb y Naranjo llevan años realizando expediciones polares de primer nivel. Año tras año regresan al Ártico canadiense para explorar rincones remotos de Baffin, Devon, Ellesmere y otros territorios vinculados a la gran geografía del norte. Su trabajo tiene algo profundamente valioso: no buscan únicamente completar rutas, sino mantener viva una tradición de exploración silenciosa, rigurosa y humana y lo hacen sin artificios, con la humildad, aplomo y experiencia que un texto como el que después trasncribimos, describe a estos exploradores.
Esta vez, su escenario ha sido Ellesmere, una de las islas más grandes del mundo y una de las regiones más frías de Canadá. Allí, tras una aproximación en motonieve de más de 700 kilómetros desde Grise Fiord, comenzaron una travesía con esquís por fiordos como Cañón, D’Iberville y Greely, alcanzando zonas donde incluso sus acompañantes inuit reconocían no haber estado nunca.
Reporte resumen de la expedición
Transcribimos literalmente a continuación el texto publicado por Ingrid Ortlieb en redes sociales, no queremos cambiar una coma. El relato de una expedición de estas características, contado como a continuación se detalla, nos recuerda otra manera de hacer las cosas:
Aquí un primer resumen de nuestra expedición 💙💙💙
600 km de ruta inédita con esquís en la gran isla Ártica de Ellesmere
La expedición
El 17 de mayo de 2026 el canario José Naranjo y la alemana afincada en España, Ingrid Ortlieb, después de 42 días de expedición, terminaron una ruta inédita con esquís de más de 600 km en total autonomía recorriendo varios remotos fiordos, entre ellos, los 2 fiordos más grandes de la isla ártica de Ellesmere.
Ellesmere
Ellesmere es una isla de Nunavut, Canadá, situada a tan sólo 800 km del mismísimo Polo Norte Geográfico. Con 196.000 km2 es la décima isla más grande del planeta y la 4ª más grande del Ártico. La distancia de Ellesmere de sur a norte es de unos 840 km, algo así como la distancia en línea recta entre París y Berlín. Y nuestra expedición iba a tener lugar en la zona considerada más fría de todo Canadá, que ya es decir.
Una expedición dentro de otra expedición
La expedición comenzó el 6 de abril en el extremo sur de fiordo Cañón, pero para llegar allí antes había que realizar una ruta en motonieve de más de 700 km, el equivalente a atravesar Bélgica, Países Bajos parte de Alemania y Dinamarca, pero a través de estrechos fiordos congelados, glaciares, tundra nevada, ríos árticos de puro hielo y quebrada banquisa. En resumen había que hacer una verdadera expedición ártica solo para llegar al punto de comienzo de nuestra expedición con esquís.
Nuestros amigos Inuit, Terry, Nolan, Silas y Abraham, cuatros jóvenes de Grise Fiord, el pueblo más al norte de Canadá, nos llevaron en motonieve desde esa pequeña población hasta el fiordo Slire después de 5 días de frío extremo con 40° C bajo cero y multitud de vicisitudes.
Llegada al fiordo Cañón
Desde ese pequeño fiordo ya solo Terry y Nolan nos condujeron en motonieve hasta el frente glaciar del fiordo Cañón después de una durísima ruta a través, primero de la severa tundra de la península de Folsheim que ellos ni siquiera conocían, para luego acceder al fiordo Cañón en el que jamás habían estado ni conocían a nadie.
2º El fiordo Cañón
Una vez que nuestros amigos Inuit se fueron nos quedamos solos en el fiordo Cañón, denominado con una palabra española que es el nombre oficial en Canadá de este fiordo y su glaciar homónimo.
La ruta – Cañón – D’Iberville – Greely
Durante la expedición con esquís recorrimos al completo el fiordo Cañón desde el frente glaciar del mismo nombre al sur hasta su encuentro con el fiordo Greely al norte. Posiblemente hemos sido las primeras personas en recorrer con esquís este fiordo en su distancia más larga.
A continuación nos adentramos en el fiordo D’Iberville para recorrerlo hasta el final donde descansa el frente glacial llamado de la misma manera. Y días después nos dirigimos hasta la bahía Antoinette con su “amable” frente glacial y su “feroz” acompañante el fiordo del lago Tuborg, siendo ambos el remate final del fiordo Greely.
Desde allí regresamos por la costa septentrional del fiordo Greely para recorrerlo en su totalidad, siendo posiblemente también las primeras personas en esquiarlo al completo.
La ruta – Fiordo Greely – Estrecho Nansen – Península Fosheim
Una vez a los pies de la imponente montaña conocida como Black Stripe Head por su característica y rectilínea franja de roca negra donde se encuentra el límite más occidental del fiordo Greely cruzamos el mismo en dirección al extremo noroeste de la península de Fosheim.
Esta travesía de mar helado fue bastante engañosa por un violento viento que aparecía y desaparecía proveniente del estrecho de Nansen directamente del océano Ártico.
Esquiar
Nuestra ruta flanqueó cientos de vertiginosas montañas que caían directamente al fiordo, nunca ascendidas, nunca nombradas. Éramos metrónomos con esquís arrastrando nuestros trineos que al principio pesaban más de 90 kg. Ni nos forzábamos al máximo en las zonas de hielo complicado o nieve profunda y tampoco nos cebábamos en ir más rápido cuando el hielo era plano y deslizante. Usando términos de música clásica, íbamos “andante” con malas condiciones y “allegro man no troppo” con buenas.
Canis Lupus Arctos
En el silencio de este mundo blanco, encontrarse con un lobo ártico en medio de la nada es una experiencia casi mística. Y así sucedió; de repente, estaba a nuestro lado. Uno de esos momentos en que el paisaje gélido parece detenerse aún más si cabe y uno puede admirar la mirada penetrante de este majestuoso animal. El Ártico nos ha cautivado una vez más. El lobo no es un monstruo de cuento; es la esencia misma del invierno en el Ártico. Fue un momento mágico. Un segundo lobo se mantuvo al margen, curioso pero a distancia. No fue la última vez que nos encontramos con el lobo ártico. Al dejar la bahía Antoinette y mirar atrás con nostalgia por última vez, allí estaba, observándonos marchar. Probablemente era su manera de decir adiós, silenciosa pero imponente, con su pelaje blanco, su fuerza interior y la libertad del Ártico, su hogar.
Final de la expedición con esquís
En este enorme territorio explorado por primera vez principalmente por el afamado explorador noruego Otto Sverdrup y sus compañeros, ya en el ocaso del siglo XIX, llegamos al punto final de nuestra expedición con esquís: el campamento de nuestro amigo Inuk Terry. Era un 17 de mayo justo el día de la Constitución Noruega. Pequeñas coincidencias del destino…
La expedición duró 42 días pero en realidad esquiamos 35 días ya que pasamos 7 días explorando los glaciares Cañón, D’Iberville y Antoinette.
Es sorprendente que en los tiempos en el que la Humanidad quiere volver a pisar la Luna y posarse en Marte 2 personas puedan recorrer más de 600 km en la Tierra y estar casi un mes y medio sin ver a ningún humano ni nada que sea human…
Más allá de los kilómetros recorridos o de la dificultad técnica de la travesía, esta expedición nos recuerda algo cada vez más raro en el siglo XXI: todavía existen lugares donde la exploración sigue teniendo sentido. Nombres como Cañon Fiord, D’Iberville, Greely, Nansen Sound o la remota península de Fosheim apenas evocan nada para la inmensa mayoría de las personas. No aparecen en los itinerarios turísticos, no protagonizan documentales de masas y apenas cuentan con referencias más allá de algunos mapas topográficos y los relatos de quienes se aventuran hasta allí. Sin embargo, son precisamente esos nombres los que revelan la dimensión de la expedición. Porque detrás de cada uno de ellos hay cientos de kilómetros de hielo, fiordos, glaciares y montañas donde la presencia humana sigue siendo excepcional. Territorios que apenas han cambiado desde los tiempos de Otto Sverdrup y donde aún es posible experimentar algo que creíamos desaparecido del planeta: la sensación de avanzar hacia lugares que permanecen, en gran medida, fuera de la experiencia humana. En una época en la que soñamos con regresar a la Luna o alcanzar Marte, Ingrid Ortlieb y José Manuel Naranjo nos recuerdan que todavía quedan rincones de la Tierra capaces de hacernos sentir exploradores.


