Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, pocas veces he visto tanta desconfianza.
No hablo de las viejas teorías conspirativas sobre si la Tierra es plana o si el hombre llegó a la Luna. Hablo de algo más sutil. Una sensación que parece extenderse cada vez más: la idea de que todo el mundo nos engaña.
Los gobiernos nos engañan. Los científicos nos engañan. Los periodistas nos engañan. Las universidades nos engañan. Las empresas nos engañan.
Y es comprensible que muchas personas lleguen a esa conclusión.
Vivimos rodeados de ejemplos de corrupción, intereses económicos, manipulación política y promesas incumplidas. Cuando uno descubre que le han engañado una vez, es normal que aumente su desconfianza. Es un mecanismo de protección.
Sin embargo, creo que hay algo que rara vez nos atrevemos a señalar.
Las personas son iguales en dignidad. Las ideas no.
Hemos aprendido —y con razón— que todas las personas merecen respeto. Pero de ahí hemos pasado a una conclusión mucho más discutible: que todas las opiniones merecen el mismo respeto o tienen el mismo valor.
Y no es así.
No todas las ideas están igual de respaldadas por la evidencia. No todas las explicaciones tienen la misma probabilidad de ser ciertas. No todas las opiniones merecen el mismo peso.
Puede resultar incómodo decirlo en una época donde se celebra que cada uno tenga «su verdad», pero llevamos toda la vida actuando de acuerdo con este principio.
Si todas las opiniones tuvieran el mismo valor, ¿por qué acudimos a un médico cuando enfermamos?
¿Por qué no preguntamos al primer desconocido que encontramos por la calle?
¿Por qué confiamos en un ingeniero para construir un puente y no en alguien que ha visto unos cuantos vídeos sobre estructuras?
¿Por qué aceptamos que un piloto vuele un avión después de miles de horas de formación y experiencia?
La respuesta es evidente: porque reconocemos que existen grados de conocimiento, experiencia y competencia.
Cuestionar a los expertos es sano.
Suponer que sabemos más que ellos sin haber recorrido el mismo camino suele ser otra cosa.
Existe una diferencia importante entre desarrollar un espíritu crítico y acabar desconfiando de todo.
Porque cuando la desconfianza se vuelve absoluta aparece una paradoja.
Si nadie merece credibilidad, entonces tampoco la merece quien nos invita a desconfiar.
Si todos mienten, también pueden mentir quienes afirman que todos mienten.
La desconfianza total termina destruyéndose a sí misma.
Quizá por eso me preocupa una tendencia que observo cada vez más: hemos pasado de cuestionar las certezas a cuestionar la posibilidad misma de conocer algo.
Ya no se trata de afirmar que una teoría alternativa es cierta.
Basta con sembrar dudas.
No importa si la Tierra es redonda o plana. No importa si una vacuna funciona o no. Lo importante es instalar la sensación de que nunca podremos saberlo realmente.
Y, sin embargo, la vida real no funciona así.
Un explorador que atraviesa una región polar no puede permitirse el lujo de desconfiar de todo.
Un piloto no puede despegar pensando que quizá las leyes de la aerodinámica son una conspiración.
Un cirujano no puede entrar en quirófano considerando que toda la medicina moderna podría ser falsa.
No disponemos de certezas absolutas. Pero sí disponemos de grados razonables de confianza.
Y eso es exactamente lo que ha permitido construir el mundo en el que vivimos.
A veces olvidamos que la ciencia no funciona porque los científicos sean perfectos.
La ciencia funciona porque está diseñada para asumir que no lo son.
Los experimentos se repiten.
Los resultados se revisan.
Los errores se corrigen.
Las teorías se cuestionan constantemente.
La ciencia no exige fe en los científicos.
Exige confianza en un método.
También observo otra paradoja.
Muchas de las personas que más desconfían de las instituciones utilizan cada día tecnologías, medicamentos, infraestructuras y servicios que existen precisamente gracias a siglos de conocimiento acumulado, investigación y cooperación institucional.
Es como desconfiar de la cartografía mientras se utiliza un GPS.
Quizá hemos olvidado algo fundamental:
La civilización es una construcción extraordinariamente compleja.
El agua potable que sale del grifo.
La electricidad.
Los aviones.
Internet.
Los antibióticos.
Los sistemas de navegación.
Todo ello es el resultado de millones de personas trabajando durante generaciones.
No porque fueran perfectas.
Sino porque, en conjunto, fueron capaces de acercarse progresivamente a soluciones mejores.
Otro fenómeno que alimenta esta situación es una ilusión muy humana.
Existe un sesgo conocido como efecto Dunning-Kruger, que describe cómo las personas con pocos conocimientos sobre un tema tienden a sobreestimar su comprensión del mismo.
Es fácil confundir acceso a la información con conocimiento.
Leer algunos artículos sobre inmunología no convierte a nadie en inmunólogo.
Ver varios vídeos sobre arqueología no equivale a décadas excavando y estudiando yacimientos.
La experiencia sigue teniendo valor.
Y reconocerlo no es una sumisión a la autoridad.
Es un ejercicio de humildad intelectual.
Quizá una de las formas más sutiles de arrogancia de nuestro tiempo sea pensar que el acceso a la información equivale al conocimiento.
En el fondo, la exploración siempre ha consistido en lo contrario.
No en caminar a ciegas.
Sino en avanzar con la mejor información disponible, sabiendo que puede ser incompleta, pero también sabiendo que algunas ideas son mucho más sólidas que otras.
La alternativa a creerlo todo no es desconfiar de todo.
La alternativa es aprender a discriminar.
Aceptar que algunas instituciones funcionan mejor que otras.
Que algunos expertos son más fiables que otros.
Que algunas afirmaciones están respaldadas por mejores evidencias que otras.
Quizá la verdadera madurez intelectual no consista en tener todas las respuestas.
Ni tampoco en negar que puedan existir.
Quizá consista en mantener la curiosidad sin perder la capacidad de confiar.
Porque quien cree cualquier cosa acaba perdido.
Pero quien desconfía de todo también.


