«Cuando nacemos, lo hacemos con los ojos llenos de arena. Durante la vida, vamos limpiándolos poco a poco, pero nadie se va sin llevarse algo de esa arena en los ojos.»
“El desierto no solo guarda secretos, sino preguntas sin responder”. Estas palabras regresan a mi mente cada vez que pienso en Tassili N’Ajjer, la llamada Capilla Sixtina del arte rupestre. Este lugar mágico, ubicado en el sureste de Argelia, alberga uno de los mayores tesoros de la humanidad: miles de grabados y pinturas que narran la historia de civilizaciones perdidas, vidas cotidianas y misterios que desbordan la imaginación.
Suena potente eh, pero es así. En esa reamota área del mundo fue donde me sentí por primera vez «explorador» junto al pueblo tuareg.
El encuentro con los hombres azules
Los tuaregs no son solo guías del desierto; son sus guardianes. A lo largo de los siglos, han resistido las adversidades del clima y las presiones políticas, manteniendo viva una cultura nómada rica en historia y leyendas. Sin embargo, el mundo moderno ha puesto a prueba su modo de vida, desplazándolos y empujándolos a abandonar su nomadismo en busca de estabilidad en ciudades y pueblos.
A esta área del mundo, fui con la cabeza llena de aventura, arqueología y misterios por resolver sobre el origen de nuestra Humanidad. Es el lugar de mayor concentración de arte ruspestre del mundo, un paraje dificil de creer, que se abre vasto la aventura y la exploración.
Emprendí ese viaje con un grupo de viajeros y después decidí quedarme yo solo unos días más para ampliar mi aventura y convivir con aquellos caballeros del desiero. Al final lo que trascendió no fueron los kilómetros recorridos, si no el calado cultural y emocional que dejaron esos tuaregs en mi.
Vivimos en un mundo donde cada día se cruzan más voces, historias y realidades. Sin embargo, desde la comodidad de nuestras vidas, solemos juzgar rápidamente lo que nos resulta ajeno. Sentados en un sofá, con el control remoto en la mano, formamos opiniones sobre culturas, decisiones y acciones que ni siquiera conocemos de cerca. Pero, ¿qué ocurre cuando nos detenemos a escuchar y comprender? Este es un ejercicio que no solo desafía nuestras creencias, sino que nos acerca más a nuestra condición humana.
Copiando extrañas pinturas rupestres en Tassili N´jaller: DIego Cortijo
Más allá del etnocentrismo y el relativismo cultural
Con los tuaregs me di cuenta de que sus códigos morales eran distintos a los míos, pero no por eso menos válidos. El honor, la pertenencia y la supervivencia eran los pilares de su vida. Lo que para nosotros podría parecer un gesto extremo, para ellos era la única forma de resistir en un entorno hostil. ¿Podría pensar que se estaban perdiendo muchos avances del resto del mundo ? ¿Podría idealizar su modo de vida?
Es fácil caer en la trampa del etnocentrismo, esa idea de que nuestra cultura es el punto de referencia y, por lo tanto, superior a las demás. Pero, al mismo tiempo, es igual de peligroso caer en un relativismo extremo, donde todo es justificable solo porque «forma parte de otra cultura», o donde se blanquean cuestiones que afectan incluso a los propios deerechos humanos que entre todos hemos consensuado. ¿Dónde trazamos la línea? La respuesta quizás esté en encontrar un equilibrio: respetar las tradiciones sin justificar lo injustificable.
Me gustaría comentar dos puntos que para mi ejemplifican esas dos maneras que el ser humano se ha desarrollado de manera tan diferente en oriente y en occidente . La medicina y las emociones. Igual te parece extraño.
En Oriente, llevan miles de años desarrollando una medicina alternativa, basada en el tratamiento de las causas energéticas o eléctricas de nuestro cuerpo más que en el tratamiento de las patologías y efectos de occidente. Y oye, que entre los orientales se encuentran los pueblos más longevos del mundo.
Y voy a abrir el otro melón, el del espacio que le damos a las emociones. Resuenan en mi las palabras del explorador polar Ramón Larramendi, cuando me hablaba de los pueblos inuit de Groenlandia, y de cómo ellos que vivían al borde la vida y la muerte, cuando todo era en modo supervivencia, las emociones eran un privilegio. Un privilegio maravilloso, que, en mi opinión da color a nuestra vida. Pero en esto también he visto y vivido la diferencia de los dos mundos. En oriente la mesura emocional abre paso a la delicadeza de las formas y al recato del individuo en pro de su papel en comunidad. En occidente, sin embargo, vivimos en una oda narcisista, preñando nuestras emociones y egos de dramas para sentirnos más «individuos» …»individualizados».
Me parecen temas tán capitales abordados de manera tan diferente.
Sur de Argelia, los merzougas más grandes del mundo. Foto: Diego Cortijo 2008
El poder de comprender sin justificar
Mientras compartía un cielo estrellado con un guía tuareg, hablamos sobre lo que significa «pertenecer». Sus palabras eran profundas y sencillas: «Aquí, las montañas nunca se encuentran, pero los hombres sí pueden hacerlo». Esa frase resonó en mí. A pesar de las diferencias culturales y de idioma, nuestras inquietudes sobre la vida y el destino eran las mismas.
Comprender a otro ser humano no significa renunciar a nuestros valores, sino enriquecer nuestra perspectiva. Significa aceptar que el mundo es mucho más complejo que nuestras creencias.
El mundo no da tanto miedo como creemos
A menudo, tememos lo que no entendemos. Pero si algo aprendí en mis viajes es que, al cruzar fronteras y compartir historias, el «otro» deja de ser extraño y comienza a ser alguien con quien compartimos más de lo que creemos. La verdadera amenaza no está en el desconocido, sino en nuestra falta de disposición para conocer. Aquí, otro día si queréis, abrimos otro melón, el de viajar a países peligrosos y el juicio que se hace sobre quienes lo hacen.
Un viaje hacia la empatía
La comprensión no nos hace débiles, sino más humanos. Ser un mejor habitante del planeta implica abandonar la comodidad de las categorías rígidas y aprender a navegar por las complejidades del mundo con respeto y curiosidad, por supuesto sin caer en relativismos culturales, pero recordad que al final todos compartimos la misma búsqueda: pertenecer, sobrevivir y encontrar sentido.
Porque, al final, cuando nos abrimos al mundo, descubrimos que las montañas tal vez nunca se encuentren, pero nosotros sí podemos hacerlo.
Diego Cortijo
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