Hace unos días me llamaron mis amigos del programa La Rosa de los Vientos, de Onda Cero, para hablar de Groenlandia. No para hacer ningún análisis geopolítico ni entrar en titulares, sino movidos por una curiosidad mucho más sencilla y honesta: entender qué es realmente esa enorme isla que estos días aparece en todas las noticias.

Para quienes sentimos atracción por la aventura y por las historias de exploradores, Groenlandia no es un nombre nuevo. Es un lugar clave, casi mítico, y sigue siendo hoy uno de los grandes escenarios de la exploración contemporánea.

Y la conversación me hizo reflexionar. Porque cuando Groenlandia salta a los titulares queda claro que sabemos muy poco de qué territorio estamos hablando. A menudo se diluye en una mezcla confusa de términos —polar, ártico, polo norte— como si todo fuera lo mismo.

Sin embargo, entender Groenlandia exige algo tan simple como volver al globo terráqueo. Los mapas planos no sirven para comprender un territorio que ha sido decisivo en la historia polar, en la exploración y en la navegación. Groenlandia nos obliga además a visualizar esa esfericidad de nuestro planeta, y ver la navegación y las rutas que se abren desde otro punto de vista.

Las zonas polares siempre arrastran esa pátina de territorio extremo e inexplorado. Pero Groenlandia y el Ártico no tienen nada que ver con la Antártida. Aquí hay historia, hay pueblos, hay cultura y tradición. Aquí estuvieron los vikingos y aquí viven los inuit. Aquí hay fauna y una relación continua entre el ser humano y el entorno.

Groenlandia es una isla que, como consecuencia del deshielo, está revelando nuevos paisajes: aparecen nunataks, nuevas formaciones que emergen del hielo y nos muestran un territorio en transformación.

Tuve la suerte de viajar a Groenlandia por primera vez para grabar la serie documental La búsqueda para Movistar, y lo que encontré allí me impactó profundamente. Realicé dos expediciones: una al norte de la isla, a Qanaaq, y otra al sur, a territorio vikingo.

En el norte todavía viven cazadores inuit que siguen utilizando trineos de perros y kayaks para cazar focas o incluso narvales. El narval, ese animal casi mitológico, parece sacado de aquellos mapas antiguos en los que se advertía de lo desconocido escribiendo: “aquí hay dragones”.

Recuerdo cómo los cazadores inuit de Qanaaq, conocida también como Thule, se referían a los inuit del sur como “los sureños”, con la misma distancia con la que en Juego de Tronos los “salvajes” de más allá del Muro,  hablaban de la gente del otro lado.  

Fue precisamente esa historia de Thule la que me llevó hasta Groenlandia. Un lugar que el navegante griego Piteas describió hace más de 2.000 años como una isla situada más allá de un mar espeso, quizá de hielo, estableciendo una idea de un lugar mítico, que luego motivó expediciones. Siglos después, Knud Rasmussen retomó ese nombre al establecer un puerto comercial en 1910. Rasmussen, hijo de inuit y de danés, dedicó su vida a documentar y preservar la cultura inuit. Aquel enclave acabaría siendo estratégico, hasta el punto de albergar una base aérea estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial que hoy se mantiene.

Viajar a Groenlandia es adentrarse en un territorio cambiante, un auténtico termómetro de lo que está ocurriendo en nuestro planeta. Pero, sobre todo, es experimentar la sensación de estar en un lugar aún inexplorado: navegar entre icebergs, contemplar auroras boreales, descubrir montañas con formas imposibles que no verás en fotos ni en vídeos en redes sociales. Es conectar con ese mundo inuit. Un pueblo que aprendió a adaptarse al clima más extremo del mundo, que distingue decenas de tonalidades de blanco y cientos de tipos de hielo, porque no todo el hielo sirve para lo mismo. El hielo con el que se construye una casa, por ejemplo, tiene propiedades térmicas muy concretas. ¡!

Para los inuit, todo tiene vida. Todo tiene anirnit, un alma: el hielo, el viento, el agua, las montañas… Y quizá por eso nos recuerdan algo esencial en estos tiempos acelerados: la necesidad de ir más despacio, de atender a lo sutil, de aprender incluso, como ellos dicen: “ escuchar cómo respira el hielo”.

Ojalá no perdamos todo esto. Ojalá sepamos conservar la pureza de algunos lugares del planeta y el conocimiento ancestral que tanta falta nos hace hoy.

Yo, desde luego, tengo ganas de volver. Como hice el año pasado con un buen grupo de viajeros.
Tengo ganas de seguir sintiéndome aislado, con menos ruido, donde uno agacha la cabeza y asume, que no todo depende de uno mismo, que a veces, simplemente no tenemos respuestas para todo. Cuando uno no quiere imponer constantemente sus ideas, sus tiempos, ocurre algo curioso y te invade algo sutil, que amansa, que lo hace todo más fácil, creo que le llaman PAZ.  

 

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EXTRA: Enlaces Externos y programa

– Video Groenlandia- el viaje de nuestras vidas

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